
Un dato que revienta los ojos y nadie quiere creer
Y aunque se crea, no es fácil de asimilar ni de comprender.
Para el año 2050, 1 de cada 2 personas sufrirá algún trastorno de salud mental.
Una de cada dos.
Te pregunto:
¿cuántas personas son en tu familia?
¿y cuántas viven en tu casa?
Si te doy a elegir a quién le tocará, ¿a quién mirás primero?
Se entiende.
No son datos que me invento. Son datos de la Organización Mundial de la Salud.
Y aunque parezcan irreales o exagerados, basta con salir a la calle y observar.
Niños con celulares en sus manos, totalmente absortos en el scroll.
Scroll infinito. Una página. Otra. Otra más.
Mientras tanto, existen algoritmos capaces de reconocer si en un mismo dispositivo interactúa una sola persona o tres distintas.
Dicho de otro modo: el sistema ya sabe quién es quién.
Se entiende el cansancio.
Se entiende que necesites un descanso.
Y se entiende que darle una pantalla a tu hijo o hija te regale unos minutos de paz.
El problema no es la pantalla.
El problema es lo que esa pantalla genera.
El problema es que activa gatillos mentales que no deberían activarse en un niño.
Por eso empiezan a aparecer conductas similares a las de una adicción.
El problema es que entregar un dispositivo sin control es dejar a un niño a merced de cientos de miles de contenidos que no están diseñados para él.
Ahí está gestándose la próxima generación de depresivos:
niños que conocen más la luz azul de una pantalla que la luz del sol,
que reciben dopamina del scroll,
y que crecen dentro de lo peor de los algoritmos.
Quienes deben despertar conciencia son los padres y tutores.
Porque los niños son solo eso: niños.
Los nuevos algoritmos son la versión moderna del flautista de Hamelín:
seducen, atraen y se llevan a los niños por un camino del que tal vez no haya retorno si no hacemos algo a tiempo.
No hay que esperar a que un gobierno reaccione —como empieza a suceder en algunos países europeos—.
Al final, ¿cuándo fue la última vez que un gobierno reaccionó a algo a tiempo?
El primer agente de socialización es la familia.
Son los padres.
No traslademos a otros una responsabilidad que es nuestra:
dar acceso sin sentido a los dispositivos móviles.
Léase bien:
no digo quitarlos por completo.
Digo sin sentido, sin criterio, sin un plan.
La tecnología no es buena ni mala.
Es una herramienta.
Pero el acceso sin control es lo más peligroso de todo.
El algoritmo no tiene alma.
No le importa nada.
Está diseñado para cumplir un objetivo —sea bueno o malo— y lo cumplirá, por un camino o por otro.
Trabajemos para que la tecnología que llegue a las manos de los niños tenga sentido, tenga propósito, los haga más inteligentes y más hábiles…
y no adictos.
Pablo Figueroa
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