Nación Suficiente

Un lugar para descubrir que no estás solo/a y para que descubras que todo lo que te dijeron antes fue una reverenda mentira. Siempre habrán unos ojos que busquen los tuyos y una mano que busque la tuya. Nación Suficiente, una comunidad ordenada y organizada para promover el bienestar mental a través de la tecnología.

Lo de Ronald Araújo no tiene nada de épico.
No es una jugada desafortunada ni una estadística más para llenar programas deportivos.
Es un recordatorio brutal de algo que todos sabemos, pero que la mayoría prefiere barrer debajo de la alfombra:
hasta los héroes se rompen.
Y cuando se rompen, casi siempre es tarde.

Cada vez que veo a un jugador caer así, me vuelve un nombre que sigue pesando como un silencio mal llevado:
Morro García.
Un tipo con luz, con goles, con vida…
pero al que el ruido por fuera le tapó demasiado lo que gritaba por dentro.

El fútbol habló de contratos, de discusiones, de “situaciones complicadas”.
Nadie habló de él.
Nadie habló de la herida.
Y cuando no se habla de la herida, la herida decide sola.

Por eso lo de Araújo no me hace pensar en el Barcelona.
Me hace pensar en nosotros.

En todos los hombres de esta región que trabajan, crían, cargan, callan…
que aprietan los dientes porque así nos enseñaron:
“aguantá, que después se compone”.
Pero después nunca se compone nada.
Lo que se compone es uno, si tiene suerte.
Y si no, se quiebra.

La verdad —esa que no entra en un parte médico— es que el cuerpo avisa tarde.
La caída siempre empieza mucho antes.
Empieza cuando ya no dormís bien.
Cuando te falta el aire sin estar corriendo.
Cuando querés desaparecer por un rato, pero el mundo te pide rendimiento, presencia, sonrisa.

En ese punto, todos somos un poco Araújo.
Y algunos, tristemente, un poco Morro.

No escribo esto para dramatizar.
Lo escribo porque es real.
Porque esta cultura nuestra, tan experta en aplaudir la fuerza,
es pésima para acompañar la fragilidad.
Nos gusta el héroe firme.
El hombre que no duda.
El que juega lesionado.
El que llega igual.
El que nunca cae.

Pero cuando cae, lo dejamos solo.

Tal vez valga la pena aprender algo antes de que volvamos a llorar tarde:
ser fuerte no es aguantar.
Ser fuerte es no hacerlo solo.

Si estás sosteniendo demasiado, si algo por dentro ya no acompaña, si el silencio te pesa más que el día, no esperes a romperte para decirlo.
No sos menos por pedir ayuda.
Sos más humano.
Y es suficiente.

Nación Suficiente existe por esto:
para que uno más aguante,
uno más vuelva,
uno más se quede.

nacionsuficiente.com

Pablo Javier Figueroa Bresler


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