Hubo noches en las que lo más fácil era apagar la computadora, cerrar todo y decir: “ya está, hasta acá llegamos”.
Nadie te lo cuenta, pero emprender un proyecto que toca la fibra más dura —la depresión, la soledad, la vida que a veces se vuelve insoportable— te rompe en mil pedazos.
Nos pasó una y otra vez. Momentos de silencio donde nadie contestaba un correo, pitchs donde las caras eran frías como un lunes gris, madrugadas donde pensábamos: ¿para qué carajo seguimos?
Y sin embargo, seguimos.
Seguimos porque había una voz adentro que repetía: si no lo hacemos nosotros, ¿quién?
Porque vimos la espalda de Marcelo perdiéndose en la noche y no volvió.
Porque sentimos la impotencia de los trabajadores que no tienen a quién llamar cuando todo se les cae encima.
Porque sabíamos que en Latinoamérica hay millones que sonríen de día y de noche piensan en desaparecer.
Lo más duro no fue el Excel que no cuadraba o el mentor que te decía que no lo veía claro.
Lo más duro fue levantar la cabeza cuando ya no había fuerza.
Y aun así, acá estamos.
No para celebrar un final, sino para anunciar un principio.
El premio no es un cheque, ni un logo, ni un aplauso. El premio es haber demostrado que incluso cuando decís “ya no puedo más”, todavía queda un paso más por dar.
Ese paso es Nación Suficiente.
La app que escucha cuando el mundo se queda callado.
La comunidad que nace para que nunca más tengamos que sobrevivir en silencio.
Este final del camino de validación no es otra cosa que el comienzo real.
Y te necesitamos.
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Porque la diferencia entre rendirse y seguir… puede salvar una vida.
Pablo Figueroa – pablo@nacionsuficiente.com

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